Me llamo José Carlos Santos, tengo 18 años y soy de Almendralejo (Badajoz), aunque actualmente resido en Sevilla estudiando Medicina. Empecé este camino hace ocho meses, y obviamente, supuso para mí un cambio grande, no sólo a nivel de residencia y estudios, sino también a nivel personal y de madurez en la Fe. Hasta aquel momento recibía e impartía catequesis en la Iglesia del Inmaculado Corazón de María atendida por la comunidad Claretiana. Salir de mi ciudad hizo que mi vida de Fe diese un giro radical, ahora acudir a catequesis o a misa no era una rutina sino una ELECCIÓN, y ese fue el momento en el que mi oración se convirtió en mi pilar, en algo indispensable, pues se vio enormemente reforzada al salir de mi zona de confort.

Como a todos, esta situación en la que nos encontramos me cogió totalmente por sorpresa. Mi idea era acudir esta Semana Santa a la Pascua Misionera que el Equipo de Pastoral Juvenil Vocacional (EPJV) de la provincia Claretiana de Fátima estaba organizando en Villalba de Alcor (Huelva), reencontrarme con mis amigos de las Convivencias Cristianas de verano que este mismo equipo organiza cada año en Loja (Granada)…pero ante la declaración del estado de alarma, a los que residimos fuera de nuestros domicilios nos tocó meter en una maleta lo que pudiésemos y salir corriendo para nuestras casas, sin saber cuanto tiempo iba a durar todo esto…

A la semana siguiente, indagando por Instagram me encuentro una publicación en la cuenta del EPJV: PASCUA ONLINE. El primer pensamiento que se me viene es: En mi casa hay demasiado ruido para esto. ¿Cómo van a conseguir que vivamos desde casa algo tan profundo como una Pascua? ¡Qué equivocado estaba! Pues Pascua significa “Dios que pasa” y estos días han dejado en mi una huella imborrable en la sencillez de un pequeño rinconcito de oración preparado en mi habitación para la ocasión, en donde colocaba el símbolo que se nos proponía cada día. Llegaba el Domingo de Ramos…día de la procesión de ramos, primer día de ver procesiones con familiares y amigos…El tema del día no podía ser otro que EXPECTATIVA Vs REALIDAD. Día de preguntarse qué expectativas tienes tú con tu oración, con tu forma de entregarte a los demás, con tu forma de vivir desde Dios tu día a día… y, realmente, ¿Cuáles son las expectativas de Dios contigo? Este el día en el que configuramos lo que para nosotros era indispensable, nuestro grupo para compartir lo que íbamos viviendo, lo que sentimos a lo largo del día…como no, por Skype, después de cada Eucaristía diaria. Llegaba el Lunes Santo, día que se nos invitaba a sentirnos profundamente amados por Dios, a reconocer todos esos dones que hemos recibido y que estamos invitados a poner al servicio de los demás, a darnos cuenta de la inmensidad de su perdón en nuestros momentos de debilidad y el inefable acto de amor por nosotros que supuso la entrega de Jesús en la cruz.

Nos adentrábamos en la semana. El martes éramos invitados a mirar dentro de nosotros mismos como un “pack completo”, con nuestras virtudes y defectos y cómo Dios nos quiere con todas ellas; y el miércoles a profundizar en todas aquellas veces en las que hemos fallado a Jesús, en aquellos momentos en los que hemos fallado a su proyecto…

Poco a poco llegábamos a ese día de la semana que tanto temía que llegase: Jueves Santo. ¿Cómo iba a ser celebrar el Triduo Pascual desde casa? Esto se sumaba a algo que llevaba experimentando estos días atrás y que cada día se me hacía más extraño: La imposibilidad de Comulgar, pues realmente era algo que tenía como habitual y no he llegado a echar realmente en falta hasta que no ha estado en mi vida. Creo que este ha sido el día que he vivido con mayor intensidad, el día del año en el que tengo más presente el que es, para mí, uno de los símbolos más importantes del cristianismo: la toalla; y dos palabras que, considero, son las bases de mi Fe: Servicio y Entrega. Estas dos palabras son los pilares de mi vocación como futuro profesional sanitario y el resultado de un largo camino de preguntarle a Dios: “¿Qué proyecto tienes para mí?” Era de experimentar el amor de Dios, un amor no correspondido, un amor derrochado por nosotros en la cruz sin buscar nada a cambio, tan sólo que nosotros seamos capaces de experimentar ese mismo amor…

Poco a poco me adentraba cada vez más en el Evangelio, y en concreto ese día me sentía uno más de los que estaban sentados con Jesús en la mesa, sentía como aquel al que había llamado Señor se inclinaba delante de mí y me lavaba los pies, y me invitaba a hacer lo mismo con los demás…

Llegó el Viernes Santo. ¿Estoy cumpliendo realmente el proyecto que Dios tiene sobre mí? ¿De verdad sería capaz de entregar mi vida por ese proyecto? ¿Hasta dónde soy capaz de llegar? Día de contemplar a Jesús en la cruz, a intentar comprender lo que para mí sigue siendo incomprensible, ese acto de entrega máxima, el acto de amor más grande que nunca nadie ha hecho por nosotros, dar la vida por amor, y contemplarlo desde el dolor de una madre, María, al pie de la cruz…

El Sábado Santo nos acercábamos un poco más al sentimiento de los apóstoles tras la muerte de Jesús: Miedo. ¿Y ahora qué? Descubría un poco más que es lo que me impide avanzar en mi proyecto de vida, aquellos aspectos en los que no pongo a Dios como centro, sino que me dejo invadir por el temor que acaba generando en mi debilidad e impotencia. Esa noche todo eso iba a cambiar…: ¡VIGILIA PASCUAL! ¡CRISTO HA RESUCITADO! Y al igual que el ángel les dijo a aquellas mujeres: No temáis vosotras; porque yo sé que buscáis a Jesús, el que fue crucificado. No está aquí, pues ha resucitado, como dijo. Venid, ved el lugar donde fue puesto el Señor (Mt 28, 5-6), ¡Jesús nos invitaba a inundar con alegría todos esos miedos, a poner su luz en las tinieblas de nuestro día a día y llevar y contagiar esa misma alegría! Celebramos en familia la Eucaristía sintiendo esa felicidad en cada momento de la celebración, pues Él ha vuelto a la vida, y… ¡Nos quiere preparados para llevar su alegría a cada momento de nuestra vida!

Y precisamente eso es lo que tocaba ahora, que todo lo que he vivido esta Pascua Online, esa huella que Jesús ha dejado en mí en su paso, no se quedase ahí, que pudiera llevarla a mi rutina, al estudio, a mi casa, a mis compañeros, a mis amigos… A todo esto es a lo que nos invita el Papa Francisco en la exhortación apostólica “Christus Vivit”: Si alcanzas a valorar con el corazón la belleza de este anuncio y te dejas encontrar por el Señor; si te dejas amar y salvar por Él; si entras en amistad con Él y empiezas a conversar con Cristo vivo sobre las cosas concretas de tu vida, esa será la gran experiencia, esa será la experiencia fundamental que sostendrá tu vida cristiana. Esa es también la experiencia que podrás comunicar a otros jóvenes. Esto es lo que he procurado vivir estos días y lo que espero poder llevar a mi rutina, pues Jesús pasa, sigue pasando, y no dejará de pasar por nuestro corazón. ¡Da igual la situación en la que nos encontremos o las limitaciones que haya en el camino que siempre va a estar dispuesto a encontrarse con nosotros y a poner su luz en nuestra vida, a poner en nuestros miedos la alegría!

Sólo puedo dar las gracias al EPJV por estos días, pues han demostrado que me equivocaba. Ni la situación de alarma en la que nos encontramos puede evitar ese “paso” de Jesús por nuestras vidas.

José Carlos Santos